De tanto posponer la reforma constitucional

Hace años, cuando aún no había separatismo en versión mainstream, cuando no había Podemos y cuando Ciudadanos era un grupito majo de un parlamento regional que se hacía fotos en pelotas, algunos avisamos que el modelo improvisado en 1978 para salir del paso necesitaba urgentísimamente desarrollarse. Que la Transición no puede ser un estatus permanente. Con gran acierto, los padres de la Constitución habían iniciado precisamente una transición de una dictadura militar centralista a una democracia participativa federal. Pero los hijos y los nietos de la Constitución se durmieron en los laureles y se acomodaron en el sistema transitorio de una democracia excluyente asimétricamente autonomista.

Era evidente que ese paso intermedio no se podía perpetuar, pero los dos grandes partidos de aquella época no hicieron ni caso a las señales que anunciaban el desastre. En 2010-2011-2012 no hubiera sido un problema pactar entre PP y PSOE una reforma constitucional seria, para desarrollar el mandato de 1978 e iniciar la segunda fase de la Transición. No les dió la gana. 

Los dos frentes que por pura necesidad se dejaron abiertos en 1978 fueron el territorial y el de la participación ciudadana vinculante (ambos mencionados, pero no desarrollados en la Constitución provisional del 78).
Ambas costuras estaban cubiertas por parches. El tema territorial no se tocaba por ETA. En cuanto a la participación ciudadana vinculante y el control democrático permanente, eran prescindibles en un país enfocado en generar dinero, crecimiento y bienestar.

La historia futura estaba escrita y era más previsible que la liturgia en misa. La ansiada y necesaria desaparición del terrorismo de ETA dejaría con el culo al aire un modelo territorial que había iniciado provisionalmente con el brillante invento de la «España de las tres velocidades» y se había convertido en un mercadillo de «dasme-doite» en el que se pagaban favores de investidura y amistades de partido con competencias e inversiones. El autonomismo asimétrico desde su primer día estaba claro que solo podía ser un sistema transitorio (véase «Transición»), ya que lógicamente a la larga solo puede crear descontento (entre los que creen que «les roban» y también entre los que creen que «se merecen más»).

Los dos grandes no quisieron desarrollar nada y tuvo que surgir el separatismo como fenómeno de masas, habiendo sido históricamente una minoría romantico-anecdótica. No quisieron ver la señal y pensaron que era un problema catalán, que se arreglaría con dinero, competencias, un Estatut y vista gorda a la corrupción regional. Ni les pasó por la mente la reforma constitucional para arreglar el problema territorial con un modelo federal para toda España en un momento en el que PP y PSOE lo podrían haber arreglado solitos.

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La otra costura reventó, como era previsible, con la crisis económica. Al desaparecer el dinero fácil y el bienestar prestado, los ciudadanos se dieron cuenta que su único vínculo con su estado y su único instrumento democrático de control y participación es elegir cada 4 años una lista cerrada y precocinada con nombres de políticos profesionales. También esto, según la Constitución provisional del 1978, era meramente un paso intermedio. La Constitución exige la participación mediante democracia directa. De hecho, la participación mediante representantes se menciona como alternativa (cita literal, artículo 23: «Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes […]»; sería bueno que los autoproclamados defensores de la Constitución se compraran un ejemplar y la ojearan). Pero nadie tuvo ganas, valor o inteligencia suficiente para desarrollar ese mandato constitucional y como era de prever el soberano se cansó de esperar cuando desapareció el dinero y surgió el 15M, otra señal que no quisieron ver. Al igual que con el separatismo que consideraron un suflé, se equivocaron con los indignados, que pensaron ser una gripe pasajera. En vez de iniciar el proceso de reforma constitucional hubo incluso políticos profesionales que le dijeron a las calles y plazas del 15M que formaran un partido, y lo formaron.

Convencidos de que el río volvería a su cauce, los dos grandes siguieron con sus guerras internas de partido y el «ytumás» bipartidista pensando que «si pierdes tú gano yo».

Luego las redes sociales, la nueva pluralidad periodística así como jueces y fiscales independientes abrieron en canal el sistema clientelar y corrupto que se había creado a la sombra de un modelo político transitorio que no tenía ni los más mínimos instrumentos de control democrático.

Como la izquierda ya tenía su alternativa guay, tuvo que surgir una alternativa chachi para los votantes de derechas que no querían votar a partidos de izquierdas, pero rechazaban la corrupción. La torpeza y el narcisismo de Rosa Diez le robó la medalla que se había merecido y surgió Ciudadanos de la cantera de Barcelona. Según algunos, fue una oscura maniobra del señor Ibex 35. Tonterías. Era simplemente una necesidad del momento y como no quiso ser UPyD, fue Cs, o lo hubiera sido un partido liberal o cualquier otra alternativa de derechas.

Ante la doble repetición del tetraempate electoral, tampoco a nadie le pareció necesario poner sobre la mesa una propuesta concreta, seria y articulada de reforma constitucional como base de debate.

Al ver que los nuevos políticos en pocos años se fueron acomodando y entraron de pleno en el modelo provisional vigente, una parte de los descontentos se buscó otra ilusión, otro mesías, y en su caballo blanco apareció Vox con la promesa de que si no podemos avanzar en esto de la Transición, volvamos al inicio que por lo menos había orden, grandeza y honra.

Viendo esta semana una encuesta electoral, igual de mentira que las demás, pero en la tendencia verosímil, se confirma que no habrá mayorías de caprichos ni facilonas. No suman PSOE y Podemos, ni PSOE y Ciudadanos, ni PSOE y PP, ni PP y Ciudadanos, ni PP y Podemos, ni tampoco PP y Ciudadanos y Vox.

Me encanta, porque es muy pedagógica y didáctica la lección que le está dando el soberano a los políticos profesionales. No os quisisteis poner de acuerdo en desarrollar la Constitución entre dos y os mandamos una plaga. No lo entendisteis y llegó el siguiente castigo. Seguisteis negándoos a cumplir el mandato del 1978 de desarrollar la Constitución y os condenamos al bloqueo.

Viendo que la única posibilidad de protesta pacifica y democrática que tienen los ciudadanos españoles son las listas cerradas de las elecciones, las están utilizando con extrema habilidad, si bien conlleva un altísimo riesgo de que salga mal.

El 15M y el procés han demostrado que la protesta pacífica en plazas y calles, las acampadas y demás formas folklóricas de protesta extraparlamentaria a los políticos profesionales ni les imutan. No hubo reacción a las acampadas de la Puerta del Sol ni a las primeras Diadas multitudinarias, aunque ambas eran señales inequívocas y más que evidentes de que las dos costuras flojas (participación ciudadana vinculante y control democrático permanente por un lado, y modelo territorial por el otro) estaban a punto de romper.

Nos queda por ver, si en los próximos meses surge de alguno de los partidos o de todos juntos una propuesta concreta y articulada, realista, de reforma constitucional como base de debate o si nos vuelven a convocar a unas elecciones generales sin plan ni proyecto con la promesa abstracta de «dame tu voto que yo lo arreglaré».

De momento desde Barcelona, felices fiestas y un divertido 2019.

Daniel Ordás, de Basilea (BS), es abogado

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