La vida no tiene sentido (2a parte)

Venimos de las estrellas. De unos elemento inorgánicos que, como planteó Alexander Oparin, tras una serie de procesos evolutivos que se iniciaron con la formación de la Tierra primitiva y de la atmósfera, dieron origen a la vida. Es decir, que fue a partir de sustancias inorgánicas y bajo la acción de diversas fuentes de energía, como se sintetizaron abiogénicamente los primeros compuestos orgánicos. Posteriormente, la concentración y agregación de éstos dio lugar a la formación de otros compuestos de mayor complejidad y este proceso continuó hasta el surgimiento de las primeras células. A partir de ese momento, se produjo la polimerización. Esto es, la transformación química mediante la cual, a partir de moléculas elementales parecidas o iguales, se sintetizaron polímeros bajo la actividad de diversas fuentes de energía.

A continuación, aparecieron estos microscópicos polímeros diseminados en agua, aislados del medio adyacente por una configuración similar a las membranas celulares. Eran estructuras que no tenían vida, pero que alcanzaban a ser estimadas como organizaciones pre-biológicas: en ellas empezaba a mostrarse el trueque con el medio ambiente, captaban elementos y los agregaban a sus conformaciones. Nuestro planeta estaba en continua evolución y en el templado y primitivo océano se enlazaron los aminoácidos, proteínas y distintas clases de hidrocarburos para constituir lo que calificamos con el nombre de coacervados. O sea, sistemas formados por la unión de variadas moléculas que, conforme evolucionan en complejidad, van distanciándose del medio acuoso y se constituyen como unidades autónomas que interactúan con el medio.

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Consecuentemente, sabemos de dónde venimos. Pero llegados a este punto, cabe preguntarse ¿qué es la vida? Y la respuesta no puede ser otra que, como nos dice el biólogo estadounidense Roger Kornberg, «la vida es química, simplemente química, ni más ni menos y nada menos». Y es que debido a un procedimiento llamado transcripción, las células poseen la capacidad de reproducir las instrucciones escritas en su ADN y reescribirlas en otro idioma: en el de las moléculas de ARN que son diestras y están instruidas para abandonar el núcleo celular. Y dicho ARN es el que rige y encauza la elaboración de las proteínas, que son, como hoy día es bien sabido, las indiscutibles intérpretes de la vida.

Así lo consideran los científicos, ya que básicamente, las proteínas son las que hacen todo. Transmiten la información que hay en nuestros genes, a pesar de que en nuestro cuerpo tenemos 200 tipos diferentes de de células. Todas con las mismas instrucciones genéticas: con toda la información del ADN y son ellas las encargadas de activar los genes que van a permitir que una célula se transforme en tejido del corazón, de la sangre, del sistema nervioso, del páncreas o de la piel, por citar algunos ejemplos. Y esta medida la asumen en el momento de transcribir la información desde el ADN al ARN. Por ello, si se realiza un fallo, si se acciona el gen incorrecto o por error se provoca una alteración en una sola de las miles de letras de un gen, se puede ocasionar una enfermedad. Así de sencilla y a la vez compleja es la vida. Dicho todo lo anterior, quedan algunas preguntas más en el tintero. ¿Qué somos? Solamente química, como afirma el investigador Roger Kornberg, o ¿conocer nuestro origen químico tiene, además, un atributo y naturaleza de carácter filosófico? Este es el quid de la cuestión.

En todo caso, somos animales que piensan y, a partir de ese hecho de pensar, nace la filosofía. Ahora bien, antes de que el proceso evolutivo diera al ser humano la capacidad de pensar, existieron homínidos no humanos que ya eran capaces de crear algún tipo de pensamiento o, al menos, eso nos gusta colegir. En definitiva, ¿cuándo, cómo, y por qué comenzó el pensamiento racional? Según un reciente estudio publicado en la revista Science, hace unos 350.000 años, bastantes años antes de lo que se consideraba hasta la fecha, comenzó a existir el homo sapiens. ¿Cómo razonábamos entonces? ¿Y el homo sapiens sapiens (subespecie que abarca a todos los seres humanos actuales) reflexionábamos ya de manera análoga a la actual? Hoy en día se sabe que, este cercano familiar nuestro vivía ya en grupos muy unidos, con códigos compartidos y con creencias religiosas. Por lo que cabe deducir que no poseía un pensamiento en solitario, sino un pensamiento social que era favorecido, cada vez más, por la selección cultural, lo que ayudaba a mantener compacto al grupo.

En resumen, si nuestra naturaleza humana no diverge mucho de la del chimpancé y el cerebro no deja de ser más que una suma de cables e interruptores químicos, tal vez convendría que nos desembarazásemos de la opinión de que somos lo que pensamos. Por lo tanto, ¿qué somos? No somos ni mente ni cuerpo. Quizás, somos consciencia. Una consciencia que busca afanosamente un sentido a la vida y que nos diferencia de otras especies. La consciencia está detrás de todo y no es algo que tengamos que adquirir, puesto que ya está ahí. El resto es silencio. En consecuencia, ¿qué sentido tiene la vida? Su único propósito lo establecen nuestros genes y lo proyecta y manifiesta el funcionamiento de nuestra mente. En otras palabras, desde esta perspectiva, la vida no tiene sentido, aunque la mayoría de la gente se resiste a la idea.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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