PLUMAS INVITADAS

La casa de Maricarmen

Estos días recordaba una película que vi este verano en un cine a orillas del lago de Zúrich, un lugar idílico donde el lujo se respira y ciertas historias solo se ven en una enorme pantalla, con las luces de un barco en la lejanía. Se llamaba Calle Málaga. La protagonista, María Ángeles, es una mujer viuda que ha vivido toda su vida en una casa de Tánger. Un día llega su hija y le dice que va a vender la casa y que tiene que irse a una residencia.

Su casa de toda la vida. Ella que había nacido en ese barrio, que había crecido viendo sus colores y su multiculturalidad, un barrio vivo y caótico que no abandonó ni después de casada. En él encontró su hogar, en un piso con un balcón donde regaba las flores cada mañana mientras una sonrisa se le colaba en el rostro viendo la actividad de todos esos vecinos de toda la vida a los que conocía por su nombre y con los que compartía realidades, alegrías y esperanzas.

Con su marido vivió toda una vida y tuvo a su hija. Y en el ocaso de esa vida, cuando ya solo aspiraba a vivir tranquila, su hija, que había heredado la casa de su padre, le anunció que tenía que irse, que la que siempre consideró su casa no era suya.

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Ahí empieza una lucha desesperada por mantener la dignidad y la identidad, una lucha que por momentos te saca sonrisas y en otros una pena infinita por una mujer que podemos ser cualquiera. Sacar a alguien de su casa a cualquier edad es un drama, pero que te echen cuando solo te quedan unos pocos años es una de las mayores crueldades que puede tolerar un sistema. Porque echar a alguien de su casa es arrancarle el lugar desde el que existe, y habitar no es solo tener un techo sino la forma en que somos en el mundo.
Salimos de ese cine idílico con el corazón removido, pero también con la esperanza de que igual eso no pasaba muy a menudo.

Maricarmen tiene 87 años. Vivió 71 en el mismo piso del Retiro, donde fue pasando su vida con sus alegrías y sus penas, igual que María Ángeles, la protagonista de Calle Málaga. El miércoles salió de su casa en una camilla, entre policías. Hay algunas tragedias que se parecen mucho a otras.

En el caso de Maricarmen no voy a hablar de leyes, ni de quién tiene razón, ni de cómo aplicaron la norma los tribunales. Todo eso importa, claro, pero no quita el regusto amargo de sentir que la deshumanización avanza sin freno.

Hubo quien quiso evitarlo, según cuentan: gente anónima o no tanto que hizo intentos por pagar el alquiler o incluso comprar el piso para que Maricarmen pudiese seguir viviendo lo que le quedaba de vida. También hubo entidades públicas que dicen haberlo intentado durante meses buscando una salida digna que nunca llegó. Y hoy Maricarmen ya no está en su casa, está en la fría habitación de un hospital y su futuro aún es incierto.

Reconozco que también he tratado de entenderlo desde el punto de vista empresarial, que he intentado ponerme en la piel de estos empresarios pero, desde ahí, aún lo entiendo menos… Cuando ni siquiera el dinero explica una decisión, toca mirar en otra dirección. Quizás allí donde Dostoievski vio que el ser humano puede actuar contra su propio interés solo por afirmar su capricho, o donde Nietzsche vio que el poder se saborea más sobre quien no puede defenderse. Ahí, el mundo se vuelve más turbio. No sé si fue esto lo que pasó. Ojalá no. Pero cuando la lógica del beneficio se queda sin respuestas, irremediablemente quedan en el aire preguntas que preferimos no hacernos.

Lo peor es darte cuenta de que empieza a resultarnos comprensible, e incluso aceptable, esa lógica perversa de ganar a como dé lugar contra el que no tiene nada.

Hoy es Maricarmen, pero Maricarmen es quizás solo un síntoma de un tiempo en el que la crueldad empieza a parecer un valor.

Nos asusta que las máquinas lleguen a parecerse a nosotros. Pero quizás debiera aterrarnos más que un día seamos nosotros los que nos parezcamos a ellas y acabemos aprendiendo a mirar como ellas: sin ver a la persona, solo el procedimiento.

Hay victorias que salen caras. No en dinero, en pérdida de humanidad.

Miriam Herrero es CEO de Jaico & Herrero Consulting Group

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