Despoblación y despoblamiento

El pasado día 31 de marzo, más de 80 asociaciones de diversas provincias de la «España vacía», agrupadas en torno a las plataformas Teruel Existe y Soria ¡Ya!, se manifestaron en Madrid para protestar por la falta de atención del Gobierno del Estado y de las Administraciones periféricas a estos territorios y reivindicar la aplicación de medidas políticas concretas que eviten su despoblamiento.

Este tradicional abandono por parte de las instituciones, ha ocasionado un profundo malestar en las capitales de provincia, pequeñas ciudades y en el mundo rural de dichos territorios, al verse empobrecidas por la pérdida de empleos y la falta de expectativas provocadas por la deslocalización industrial y, en consecuencia, la disminución y deterioro de los servicios públicos esenciales. Todo lo cual ha generado un fuerte despoblamiento y, subsiguientemente, la desertización de una importante cantidad de pueblos de Aragón y de Castilla. El origen y causa de estos hechos se atribuye a más de un ministro de las antiguas nóminas franquistas que, en connivencia con poderosas empresas de la época, taimadas ambiciones personales y coordinados con altas instancias de la dictadura, entorpecieron el establecimiento de determinadas industrias que pudieran arraigar a la población rural en ellas. De hecho, a modo de ejemplo, FASA-Renault, la empresa llamada a revolucionar económicamente Castilla, que fue fundada en 1951 por el teniente coronel e ingeniero andaluz, Manuel Jiménez-Alfaro, con el apoyo económico de cinco empresarios, tuvo que sortear ciertas trabas; ya que, según se cuenta, en un principio se pensó establecerla en la ciudad de Salamanca, pero el pronunciamiento de un alto dignatario de la diócesis salmantina: «Prefiero obreros de alpargatas que obreros de corbatas», conllevó su instauración en Valladolid, la ciudad del Pisuerga.

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A mi modo de ver, si bien en nuestra vida cotidiana, las causas de los hechos no son demostrables en casi nada, sí son probables en casi todo. Y es suficiente argumento, para las casi masivas protestas de los pasados días en Madrid, ante la situación generada en cientos de pueblos. En este sentido, al margen de sospechas y recelos, la realidad nos lleva a pensar que ha venido siendo norma sistematizada la ausencia por estudiar la forma de remediar el vaciamiento de los pueblos. Lo que ha conllevado, inevitablemente, al florecimiento extensivo del cardo y otras malezas, el desmoronamiento de las viviendas y a un negro futuro de la población rural que, de cumplirse el vaticino, terminará viviendo sobre los pedregales o desapareciendo.

A pesar de que determinadas mancomunidades, organizaciones no gubernamentales, sociedades, algunos notables escritores y ciertos nombres contados y excepcionales, al menos por la singularidad de sus preocupaciones frente al desinterés general de la ciudadanía, se han venido ocupando en estos últimos años de hacer públicos concluyentes y alarmantes datos estadísticos sobre el abandono de pueblos y tierras del mundo agrario. Sin embargo, desde un tiempo atrás, al día de hoy, nada ha cambiado y nada se hace. Y la triste y sombría realidad es que, lo que para el común de los mortales puede parecer ya, sin más, un verdadero drama, para los serenos cerebros de nuestros políticos y de los empresarios regionales y nacionales no deja de ser más que la evolución natural de los acontecimientos sociales y movimientos migratorios.

«La España vaciada» ha salido a la calle para denunciar su abandono. Sería aconsejable que no se viera la depauperación económica del medio rural como un signo permanente e irrecuperable de agotamiento. El flujo continuado de la población joven a la ciudad, con la consecuente desintegración de los núcleos familiares, la caída del índice de evolución demográfica y el inexorable envejecimiento de los «supervivientes», conllevan a una cadena de infortunios, a un estado de incertidumbre y, sobre todo, a una gran soledad en bucólicos, bellos y apacibles pueblos y aldeas. Una inmensa soledad agravada por la falta de interés de las grandes compañías tecnológicas en hacer llegar al medio rural las imprescindibles conexiones de alta velocidad que permitan el fácil acceso a internet. Un acceso generalizado y de buena calidad en el mundo rural es la base imprescindible a partir de la cual es posible que su desarrollo siga existiendo.

Por ello, entiendo, que esta sería la reclamación fundamental que el mundo económico y político debería asumir de forma inmediata. Todo lo demás no sirve. Si se gana esta batalla, ganaremos todos, pues el mundo rural es un hermoso lugar para vivir y vale la pena defenderlo. Lo contrario es abocarlo a la despoblación y su despoblamiento.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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