Finalizó el verano, la pandemia sigue y lo peor está todavía por llegar

Está siendo un año atípico. Uno de esos que no deseo recordar. El más extraño, por desconocido, de todos los que hasta ahora he vivido por la omnipresente angustia de la COVID-19 que nos rompió el final del invierno y nos robó la primavera que apenas hemos compartido. Pero, además, el virus nos ha desnudado. La desigual actitud y toma de decisiones de nuestros representantes políticos entre algunos barrios de la ciudad, el trato otorgado a los temporeros de la fruta por parte de algunos empresarios y municipios, la inhibición de las administraciones públicas ante los numerosos casos de coronavirus en las residencias de mayores que han venido sufriendo y sufren un número de contagios insoportable, nos han sacado las vergüenzas como sociedad. Y es que la pandemia se ha transfigurado en un unificador experto en juntar, bajo la misma pancarta, a diversos colectivos abducidos por falsos pseudocientíficos, algunos antisistemas y variados grupos reaccionarios de extrema derecha que niegan y reniegan su existencia.

En este contexto, sospecho que para muchos conciudadanos, la reclusión suscitada por la proclamación del estado de alarma del Gobierno, la consideraron al comienzo como unas adicionales vacaciones. Pero ese benefactor ensueño se desvaneció inmediatamente. La perplejidad que nos ocasionó la llegada de un virus tan insólito e inexplicable, el temor, el preceptivo e irremediable encierro, la soledad, la extrañeza al ver las calles semidesiertas y casi en obligado silencio, la atrevida y expuesta aventura de ir a la compra, fueron socavando nuestro ánimo, paso a paso, con el inexorable transcurrir del tiempo. A cada segundo le sucedía otro y otro y así sucesivamente e igualmente acontecía con cada noticia que nos informaba sobre el avance del virus sin que nadie pudiera ponerle un freno. Tanto nos estaba quebrantando la COVID-19 nuestra capacidad de sentir y comprender emociones que nos iba dejando los afectos tan delgados y endebles, como un papel de fumar. Daba la sensación que ese forzado confinamiento no se iba a terminar nunca. Y cuando concluyó, aquel ya lejano 21 de junio, tras 98 días de encierro, la «nueva normalidad» se nos hizo casi más rara que nueva ya que, a pesar de que nos fueron retornando algunas pequeñas alegrías del pasado, éstas se nos fueron proporcionando con cuentagotas.

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Si mañana desapareciéramos de la faz de la tierra, muy probablemente, todos los animales, árboles y plantas efectuarían una gran fiesta.

Juan Antonio Valero

Llegó el verano, pero un verano distinto al que estábamos acostumbrados. Otros estíos habíamos vivido felices hasta que sobrevino este del 2020, en el que un inteligible virus nos hizo percibir y comprender que la vida de nuestra especie, es un suceso contingente. Una especie de acontecimiento bioquímico sin sentido en la historia de este planeta y que si mañana desapareciéramos de la faz de la tierra, muy probablemente, todos los animales, árboles y plantas efectuarían una gran fiesta. Quizás somos culpables de todo cuanto nos acontece. Y la ruina de nuestro país comienza a notarse de manera acelerada. Sobre todo, cuando vemos que nuestras calles, incluso las más céntricas y comerciales, devienen en una sucesión de comercios de todo tipo con las persianas bajadas o en liquidación de existencias. Y es que, inevitablemente, tras la curva de la pandemia llega la de los cierres. El dolor no es solo por el ahora, sino por el cataclismo económico y social que se avecina. Finalizó el verano, la pandemia sigue. Y lo peor está todavía por llegar.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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