Es tiempo de pensar el tiempo

Hay días que parecen repetirse y nos encontramos como atrapados en el tiempo. Son días en los que notamos que nos van pesando los años. Y es que el tiempo es la materia de la que están hechas todas las cosas. Una especie de agujero que chupa y escupe a la vez esa materia y que es, también, la conciencia de que lo podemos perder, de que se nos acaba. Y este hecho hace y nos puede ocasionar que sea muy angustioso o quizás, en determinadas circunstancias, extraordinariamente placentero.

Hubo un tiempo prehistórico, cuando aún no existían números, ni días, ni calendarios, en el que, si bien el tiempo pasaba, la edad no existía. Sin embargo, en nuestra sociedad, dicha edad, es el factor fundamental que marca el paso del tiempo y la que nos hace ser conscientes de su transcurso por los años que tenemos. Pero no es el único elemento, pues su discurrir tiene también que ver con el tema del trabajo; ya que es referencia y marca de todo aquello que anhelábamos y hemos o no conseguido.

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No obstante, el tiempo, como significación absoluta, posee vínculos y sentidos diversos según cada cultura. Realmente, los ingredientes históricos y culturales diferencian la manera en que los individuos experimentan, determinan y computan el tiempo. Y en efecto, mientras en la cultura occidental la idea del tiempo, que proviene de la tradición judía, es lineal, en la cultura hindú, en otras también orientales, y en algunas americanas, el tiempo es circular, pues se repite perennemente y siempre tiende a ser lo mismo. Y, por eso, pueblos como los Aymara, tienen un modo distinto de pensar, sentir y medir el tiempo y el espacio que nosotros, pues todo se imagina y se mueve en torno a un continuo y eterno retorno.

En consecuencia, el paso del tiempo, aunque sea igual para todos, no todos lo percibimos por igual. Y a medida que nos vamos haciendo mayores, tenemos la sensación de que pasa cada vez más rápido. De hecho los seres humanos somos la única especie que se percata e interpreta la rapidez con la que pasa la vida. Y somos conscientes de ello cuando advertimos que en ese calendario van existiendo cada día menos hojas y obviamente, este acontecimiento y circunstancia, nos inquieta y perturba en la forma de percibir nuestra propia existencia. Y es que la divergencia está en manos de nuestro cerebro, que es el órgano que interpreta la experiencia de lo vivido y la realidad de lo que nos puede quedar por vivir. Un cerebro del que, a pesar de que podamos tener trastornos cognitivos que nos hagan perder la noción del espacio y no sepamos regresar a casa, como ocurre con las personas que padecen Alzhéimer, no tenemos certeza de ninguna enfermedad que nos lleve a olvidar la noción del tiempo. Y este singular comportamiento lo realizan un conjunto de neuronas que codifican de forma inclusiva el espacio y el tiempo y que se encuentran ubicadas en el hipocampo, esa estructura embutida en lo más profundo del cerebro.

Ya nos lo dijo Einstein cuando afirmó que «el espacio y el tiempo son un conjunto de la misma realidad». De manera que, si el tiempo y el espacio de esa realidad es una esfera blanca de un reloj sin números ni agujas y porque hubo también un tiempo en el que no había estrellas en el cielo, al despertar cada mañana, deberíamos meditar sobre este hecho y atrevernos a pensar el tiempo. Un tiempo que acaso cabría definir como un espejo móvil de la eternidad.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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