Recuerdos africanos

En un lugar privilegiado del arcón de mi memoria está África y, en ella, Marruecos, Guinea, el Sahara, Canarias. Espacios y rincones que fueron mi casa y en donde descubrí la belleza del mar con toda la variedad de sus posibles azules, la inmensidad de la selva con sus casi innumerables criaturas y un sin fin de tonos verdes, la inabarcable infinitud de la arena con sus inverosímiles cielos y esa retorcida, convulsa y atormentada tierra de volcanes.

Guardo, de todo, un recuerdo fuerte, hermético. Nunca podré olvidar la tranquilidad y el olor de las noches en los mares del trópico, ni en el ecuatorial océano Atlántico ver como la luna, a cada paso que daba, parecía seguirme. Son recuerdos que me llevan a unos territorios que fueron lugares y parajes de mi infancia, de mi pubertad, de la adolescencia y de una juventud en la que arribaron los iniciales amores y los primeros desengaños.

Si cierro los ojos, vuelven con facilidad las imágenes de aquellos días y las huelo, las saboreo, las siento. Y me veo, como si fuera y estuviera en aquel tiempo, despertándome por la mañana con el sonido de los pájaros, intentando aprender a distinguir sus diferentes lenguajes y asombrándome con sus prodigiosos plumajes. Otros días, me contemplo tratando de mantener una conversación, en un ininteligible idioma, con una hermosa muchacha negra en una solitaria playa. Otras veces, en una jaima tomando un Atay Dial Nana, el oloroso y dulce té con yerbabuena bereber, junto a un altivo y quizás lejano pariente almohade, escuchando la infinita paz del silencio en las estrelladas noches del desierto.

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En mis recuerdos, a la mente me viene el sabor de la papaya, de la piña, de las naranjas amarillas, tan diferentes a las mediterráneas, del agua de los mangos chorreando por mis manos y barbilla y esas olorosas guayabas que cogía directamente de los árboles. Todos ellos, ensueños de gozosos sabores. Y junto a ellos, también afloran y escucho el sonido del viento golpeando sobre las ventanas, el estrépito de los impetuosos tornados que, en la época del monzón, llegaban sin avisar al golfo de Guinea, con sus fuertes aguaceros y que en pocos minutos daban paso a un cielo brillante y soleado que secaba velozmente el agua de las calles y aceras y las gotas de lluvia en los árboles. Y también recuerdo ese azul inmenso de otros horizontes donde obtener agua suponía realizar un sobrehumano esfuerzo.

Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es como vivirla dos veces.

Juan Antonio Valero

Y en mis reminiscencias veo las fiestas africanas para despedir a sus muertos. Y las africanas fiestas en la calle, llenas de ritmo, explosión de alegría y voluptuosa sensualidad. Y las Africanas mostrando sus bellos y semidesnudos cuerpos sin complejos. Y todavía siento el ritmo de sus músicas, dejándole entrar en mis emociones, intentando que anidara un poco de esa alma negra en mi blanco cuerpo. Y las cálidas sonrisas de ellas y ellos mostrando sus blancos dientes en sus rostros negros. Y esa generosa acogida de los hombres y mujeres del desierto. Todavía hoy me acuerdo y la reconozco en la sonrisa de mis sentimientos.

Y en el repaso de mis presencias, también veo y siento aquellos días de colegio en Marruecos, los del instituto en Guinea, los paseos diarios por el real Las Palmas y su puerto y, siendo ya largamente veinteañero, la soledad del desierto para visitar a mi padre que estaba destinado tan lejos. Aquel esplendor de vida natural, sigue vivo en mi memoria, no ha muerto. Lo conservo como un tesoro de mi vida y con él mantengo ese cálido y cercano recuerdo y el intenso aroma al café y al té que me transportan a esos espacios abiertos y a aquellos dulces momentos.

De alguna manera, poder disfrutar de los recuerdos de la vida es como vivirla dos veces. Todos ellos, con su presencia invisible, me han dejado un sabor duradero, eterno. Y es que el recuerdo es el perfume del alma y único paraíso del que nadie puede expulsarnos.

No cabe la menor duda de que vista la vida con la cámara oscura del recuerdo, toma un relieve singular. Tal vez, porque el tiempo vivido no es otra cosa que el espacio que en nuestra memoria ocupan los recuerdos. Ya no los decía nuestro genial poeta Miquel Martí i Pol «No hay presentes, todos los caminos son recuerdos». Sí, son recuerdos de unos tiempos que se fueron. Pero sé que existo, porque en ellos me inquiero, me reconozco y me veo.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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