Lo político y la política

Hace escasamente dos meses, el 28-A, que a más de 36 millones de ciudadanos nos convocaron a participar en las Elecciones Generales para dirimir quién será el próximo presidente del Gobierno. Y los electores, siendo conscientes de que votar en unas elecciones es un derecho a realizar y un deber que desempeñar, cumplimos sobradamente con un índice de participación del 75,75%. Y acometimos ese derecho, mayoritariamente, a pesar de que algunos conciudadanos se vieran impulsados o movidos a abstenerse de emitir su voto, al comprobar que ninguno de los partidos presentados les proponía el programa que ellos desearían.

Un mes más tarde, el 26-M, más de 37,7 millones de ciudadanos, volvimos a ser convocados a las urnas en una triple cita electoral. En esta ocasión, para elegir a nuestros representantes municipales, autonómicos en aquellas autonomías en las que se celebraban elecciones, y en el Parlamento Europeo. Y volvimos a plasmar nuestro sentido cívico con una participación global que superó el 65%.

Sin embargo, habiendo dado la ciudadanía muestras de su sentido cívico con los citados porcentajes de participación, da la sensación de que nuestros representantes elegidos no tienen la misma sensatez ni percepción de la realidad que los electores y nos demuestran con sus actuaciones que lo político y la política es una pareja rota. Y para corroborar lo que afirmo, es suficiente comprobar cómo, finalizados los procesos electorales con los resultados de todos conocidos, «los políticos», se dedican afanosamente a buscar y conseguir el mejor parto, reparto, aparto y pacto, atendiendo exclusivamente a sus intereses personales, los de sus partidos y los de aquellos que los sustentan, olvidándose de las preocupaciones de los ciudadanos.

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En este sentido, creo que «la política», ha dejado de ser una fuerza interna básica para la transformación de la sociedad, y se ha convertido en una fuerza externa. Y es que, desde hace ya varias décadas, suponiendo que no haya sido siempre así, las reales fuerzas que gobiernan las sociedades occidentales escapan al control, tanto de las instancias soberanas legales y de las instituciones, como de las clases políticas. Estas fuerzas que han pasado a ser endógenas y sin ninguna voluntad de cambio, ni dotadas de un proyecto que se haga cargo de ellas. Son el resultado de presiones multiformes por parte del sistema económico derivado de la globalización, de las empresas multinacionales que operan a través de lobbies, despachos de abogados y consultoras profesionales y de las grandes corporaciones tecnológicas con sus gigantescas fortunas. Y, además, este poder en la sombra, viene ejecutando un eficaz trabajo ideológico y cultural subterráneo que le permite, como denunciaba el poeta romano Juvenal con su sátira panem et circenses, entretener al pueblo haciéndole olvidar su derecho a involucrarse en la política y denunciar las malas praxis institucionales, empresariales, comerciales y de los políticos. De modo que podría sostenerse la siguiente paradoja: lo político está en todas partes, salvo en la política; ya que las verdaderas cuestiones políticas son tratadas «en otra parte».

A mi modo de ver, una de las razones de semejante sinrazón, es bien sencilla. Desde que desapareció de los planes de estudio la filosofía, madre de todas las ciencias por su carácter multidisciplinar, ya que desarrolla el pensamiento crítico, reflexivo y analítico, con una visión ética, las ideologías de los partidos políticos, sus doctrinas y dogmas, se han visto degradadas y, sus políticos, en demasiadas ocasiones corrompidos. Y, en consecuencia, muchos de los miembros de dichos partidos, a causa de esas carencias citadas anteriormente, no poseen los mínimos instrumentos y herramientas mentales necesarios para pensar, políticamente, como deberían hacerse y articularse las leyes que permitieran al pueblo, en estos ya largos comienzos del siglo XXI, vivir mejor que en el pasado siglo. Y, esto es así, porque las ideas de los partidos políticos, ya no son ideas políticas, sino que se han convertido en determinados intereses y sus proyectos y presentaciones electorales, han pasado a convertirse en ideas publicitarias y comerciales.

Quizás vivimos una época que se caracteriza por el fin radical de toda coincidencia entre lo político y la política. Pues, si bien es cierto que la política inunda la sociedad y los mass media y sus actores extienden por todas partes un discurso superabundante, llenando muchos espacios televisivos, la realidad es que nuestras sociedades, paradójicamente, están más despolitizadas que nunca y rechazan como anticuerpos los debates serios que recogen la esencia de lo político. Y, de esta forma y con semejante conducta, el ejercicio del poder queda reducido a unos grupos selectos que son los que ejercen la política y toman las decisiones sobre el conjunto. Quedando así el poder reducido a su mínima expresión y lo político pasa a convertirse en un reality show.

En este contexto, convendría no olvidar que la política es una disciplina que abarca la organización de un país: es decir, sus instituciones, el gobierno, los partidos, etc. Y lo político, en cambio, es un concepto más amplio, porque se refiere a las relaciones de poder que se dan dentro de una sociedad en todos los ámbitos. Es por ello importante reconocer que, cuando los ciudadanos transfiguramos y deformamos el sentido de la política y lo político, los representantes políticos y sus partidos que no se han transformado, se convierten en fantasmas de su propio pasado y su voz y sus mensajes resuenan en nuestros oídos como si vinieran de la región de las sombras.

En todo caso, finalizo haciendo alusión a un aforismo del escritor suizo Louis Dumur, cuando decía que: «La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos». Espero y deseo que no se cumpla. Feliz comienzo del verano.

Juan Antonio Valero ha sido director de la Agrupación de Lengua y Cultura de Lausanne (VD)

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